El muerto en plena figura en escenas de paso al más allá

El muerto en plena figura en escenas de paso al más allá

Distinguir al muerto en plena figura del vivo en las escenas funerarias es un problema iconográfico complicado en el que las soluciones apresuradas y generales han resultado erróneas. Ya Milchhóffer, a finales del siglo pasado, creyó haber encontrado una clave, al defender que el personaje sentado era necesariamente el difunto, lo que rápidamente refutaron otros especialistas. En una reciente ponencia, Bazant224 ha retomado la cuestión llegando a la conclusión de que resulta imposible ofrecer fórmulas infalibles (no hay reglas, resumió L. Kahil, con acierto, en el debate que siguió a la presentación de la argumentación). Y es que no podemos pedir a una representación imaginaria la certidumbre que se le puede exigir a la plasmación pictórica de la realidad. Cuando esto ocurre, y lo que se figura es el cadáver, por ejemplo, en escenas de próthesis225 (exposición del cuerpo del difunto), no cabe la menor duda de quiénes son los vivos y quién el muerto; como ocurre en un vaso de Atenas226 (ilustración 3.1), en el que el difunto aparece coronado, cadáver inmóvil en su lecho fúnebre, o en un vaso de Toronto227 (ilustración 3.2), en el que la inmovilidad del muerto contrasta con los gesticulantes deudos deplorando la defunción. En estos ejemplos no queda lugar para ambigüedades. Pero el universo iconográfico griego, en muchos casos, no presenta tales certezas sino que insinúa más que impone y las imágenes se dejan leer de muchas maneras según el deseo de interpretarlas del que las mira; es una de las características del sutilmente sencillo lenguaje pictórico que idearon los ceramistas griegos, creando imágenes ambivalentes, con una gran riqueza de lecturas. En el enredo de distinguir al vivo del muerto aún se debate hoy en día al discutir si en las imágenes de visita a la tumba (con mucho las más numerosas que ha legado la iconografía funeraria griega en lécitos de fondo blanco, como vimos) el difunto se entremezcla con los parientes que realizan el culto funerario (determinando así una comunión imaginaria vivosmuertos) o si sencillamente se trata de una imagen de vida cotidiana sin implicaciones escatológicas (como en su día defendieron Kurtz y Boardman228). Ilustración 3.1: Escena de próthesis (Atenas, Museo Nacional 1756). [Pág. 64] Ilustración 3.2: Escena de próthesis (Toronto, Royal Ontario Museum 378). Se tomará como ejemplo para introducir la discusión un personaje que aparece en algunas de estas representaciones de culto funerario: el efebo doríforo, joven en traje de viaje portando una lanza, como ilustra, por ejemplo, un vaso de Atenas229 (ilustración 3.3). Benndorf inició la polémica sobre su identificación, reprodujo varias escenas de este tipo230 y pensó que se trataba de un viajero que al entrar en la ciudad por una de las avenidas jalonadas de tumbas contemplaba curioso una escena de honras fúnebres. Llegó a pensar incluso que era el encuentro de un miembro de la familia que al volver a la ciudad encontraba a sus allegados rindiendo homenaje a un difunto reciente cuya muerte desconocía231. Algunos vasos presentan una iconografía que puede sugerir esa interpretación: por ejemplo, en un lécito de Berlín232 (ilustración 3.4) una mujer cargada de ofrendas se dirige hacia una estela en cuyas gradas está sentado un personaje a cuyo lado (y a la derecha de la imagen) se figura un efebo doríforo que desde luego no parece un difunto; otro tanto ocurre con escenas más sencillas en las que se figuran solamente dos personajes. En un ejemplo de Atenas233 el efebo doríforo, con el pétaso aún sobre la cabeza, asiste al engalanamiento de una estela funeraria por parte de un joven (ilustración 3.5). En otro vaso de la misma ciudad234 una mujer joven cumple esa función ante la mirada del efebo, que en este caso aparece con el petaso al hombro (ilustración 3.6). Pero ya Pottier235 criticó estas teorías aportando la hipótesis de que debía de tratarse de miembros del cortejo fúnebre en traje hoplítico; utilizaba para la interpretación la comparación con entierros de personajes muy relevantes transmitidos por las fuentes literarias, como el de Filopemen en Plutarco236 o los de los más importantes ciudadanos en el Estado ideal platónico237. Pero la legislación ateniense clásica era lo bastante restrictiva en lo que concierne al cortejo fúnebre como para que esta hipótesis se sostenga. Un lécito de Zúrich238 puede darnos una clave interpretativa. En el centro de la imagen, y sentado ante la estela funeraria, se figura a un joven doríforo en traje de viaje y detrás de él a un hombre. Una mujer, llevando entre los brazos a un bebé, le da la mano mientras el niño dirige el cuerpo y la mirada hacia él. Se trata sin lugar a dudas de un gesto de dexíōsis239, generalmente interpretado como de despedida fúnebre, y común en las estelas funerarias aunque muy poco usual en los lécitos de fondo blanco240. El joven sentado, al que su esposa y su hijo dicen adiós, no puede ser otro que el muerto, en una escena imaginaria de despedida del difunto que cobra una calidad significativa bien diferente de la de una anodina visita a la tumba. El diálogo vivo-muerto está menos claro en un vaso de Atenas241 (ilustración 3.7) en el que una mujer embozada, sentada en una piedra ante una tumba engalanada, mira a un joven que porta una lanza en la mano derecha; la inmovilidad de la mujer parece sugerir que se trata de la difunta, pero la interpretación, de todos modos, resulta controvertida. Ilustración 3.3: Efebo doríforo y mujer ofrente (Atenas, Museo Nacional 1821). [Pág. 66] Ilustración 3.4: Efebo doríforo y culto a la tumba (Berlín, Straatliche Museen 2451). [Pág. 66] Ilustración 3.5: Efebo doríforo y culto a la tumba (Atenas, Museo Nacional 2018). [Pág. 67] Ilustración 3.6: Efebo doríforo y culto a la tumba (Atenas, Museo Nacional 2019). La ambigüedad es menor cuando pasamos a revisar escenas en las que se representa de modo claro el paso al más allá. Cuando se figuran Hermes, Caronte o Hypnos y Thanatos las dudas se disipan parcialmente, puesto que al menos debe aparecer un personaje difunto al que los genios psicopompos vienen a buscar242. Cuando en estas escenas aparece un joven doríforo, sobre todo si está en posición inequívoca, como ocurre, por ejemplo, en un vaso de Atenas243 (en que aparece embarcado detrás de Caronte) y en otro de Copenhague244 (en los que aparece solo ante Caronte), nos hallamos sin dudas ante una imagen de un difunto en tránsito hacia el inframundo. La mejor explicación para el apego de los ceramistas a este tipo de escena es que posee un significado sociológico evidente. El joven doríforo en traje de viaje representa al efebo que sirve a la ciudad, lo que implica que pertenece a una familia que posee la renta suficiente para que sus miembros jóvenes se paguen el armamento hoplita; los vasos con estas representaciones quieren ser una demostración del estatus privilegiado del muerto y, por su intermediario, de su familia. Ilustración 3.7: Joven con lanza y mujer ante una tumba (Atenas, Museo Nacional 2038). Pero no siempre se trata de un estatus real; la idealización del muerto, fenómeno fundamental, como vimos, por ejemplo en la iconografía de Hypnos y Thanatos, determina el surgimiento de escenas en las que el hoplita es la figura central en el culto funerario. Un ejemplo lo ofrece un vaso de Atenas245 (ilustración 3.8) en el que una mujer se dispone a colocar una banda en una tumba coronada por una palmeta; a la derecha aparece representado un hombre en atuendo hoplítico completo que no es otro que el difunto. Otro magnífico ejemplo lo ofrece un lécito de Berlín246, en el que el pintor se esmera en la minuciosa representación del perfecto cuerpo desnudo del difunto, mejor demostración casi que una armadura de su calidad de guerrero admirable (estatus que indican de todos modos la panoplia que porta -casco, escudo, lanza y espada-). El motivo recuerda al adiós del guerrero del que sirve de prototipo mítico la despedida de Héctor en la Ilíada, cuya carga funeraria implícita explotaron los ceramistas en numerosas ocasiones (Héctor marcha al combate para nunca volver). El hoplita en este tipo de lécitos se asimila al héroe homérico, la muerte lo convierte en un hombre admirable, un «muerto hermoso»247 en la memoria de la familia que le da sepultura. Ilustración 3.8: Hoplita y mujer oferente ante una tumba (Atenas, Museo Nacional 1965). En las escenas en las que aparece Hermes tomando a un personaje de la mano, éste no puede ser más que el muerto, sobre todo cuando el dios está dirigiéndolo hacia la barca de Caronte como ocurre en un vaso de Múnich248 (ilustración 3.9). Otro tanto ocurre con los personajes embarcados por Caronte249 y que se dirigen irremediablemente hacia el mundo de los muertos. Un caso especial presenta el llamado «relieve de Caronte» de Atenas250 (ilustración 3.10), en el que el barquero lanza la mano hacia el personaje principal de una escena de festín fúnebre; todo parece indicar que se trata del difunto, aunque las interpretaciones de la escena han resultado muy dispares. Ilustración 3.9: Hermes dirige a una difunta hacia Caronte (Múnich, Staatliche Antikensammlungen 2777). [Pág. 71] Ilustración 3.10: «Relieve de Caronte» (Atenas, Cerámico). [Pág. 71] En las representaciones en las que se figuran Hypnos y Thanatos la única indeterminación radica en establecer si se trata de una escena de tipo completamente mitológico (el transporte del héroe Sarpedón) o si es una escena en la que se figura al difunto heroizado en brazos de los genios psicagogos. La idealización de la muerte en este tipo de escenas lleva, como vimos251, a una confusión consciente por parte del ceramista (y de sus clientes) entre el motivo homérico y la escena funeraria imaginaria, que es la que aparece en los lécitos de fondo blanco. Cuando Hypnos y Thanatos llevan entre los brazos a una mujer, no hay dudas de que se trata de una difunta, como ocurre en dos lécitos de Atenas252. Igualmente cuando se figura a un niño en los brazos de los genios alados, como ilustra otro lécito de Atenas253 (ilustración 2.3), el motivo homérico sirve quizás de prototipo imaginario para evocar un estatus heroico adscrito (por deseado, no real) a un difunto que nunca podrá, por su aciaga suerte, llegar a ser un guerrero. En la anómala representación del personaje raptor de un célebre lécito de París254 (ilustración 2.24) la mujer que huye horrorizada del mortal genio alado no puede ser más que una difunta que se revuelve contra su amargo destino. Un tipo de escenas que presentan una fuerza significativa extraordinaria son las que incluyen niños. Por ejemplo, en un lécito de Nueva York255, la posición central del niño, el dramatismo del gesto y la inmovilidad de la madre demuestran, según mi opinión, que el difunto es el pequeño y que la mujer a su izquierda pertenece al reino de los vivos, con lo que la escena cobra una significación y un dramatismo notables. Los muertos en plena figura en los vasos de uso funerario aparecen en escenas de despedida en las que Caronte, Hermes o Hypnos y Thanatos vienen a llevarse al ser querido que está recién difunto, que imaginariamente mantiene aún su completo aspecto de vivo, incluso hasta sus juguetes o sus armas en la mano. Sin el genio de la muerte presidiendo la escena estos personajes aún nos engañarían y podríamos pensar que estaban entre los vivos, ya que mantienen su identidad o la mejoran con la idealización de la muerte (pues así desea recordarlos la familia durante las ceremonias fúnebres). Este mismo lenguaje se mantiene en escenas en las que, al no incluirse genios del paso al más allá, las certezas interpretativas serían menores, pero si las analizamos en la idea de que se figura en ellas un difunto, suelen cobrar una fuerza significativa mucho mayor. Solamente en algunos casos el aspecto de uno de los personajes de la escena resulta especialmente anómalo, como ocurre en un vaso de Atenas256 en el que en una escena de visita a la tumba aparece un joven de trazos borrosos, sentado en la grada del monumento y pintado de un color oscuro que marca un fuerte contraste con las mujeres dedicadas a engalanar la estela; resulta probable que la alteridad de la figuración intente destacar, con mayor claridad e insistencia, la aparición fugaz del alma del muerto.